Mitología griega. Narciso, el mas bello.

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Admirado por todo el mundo, envidiado por los hombres, amado por todas las muchachas griegas, a las que utilizaba a la vez que despreciaba, motivo que lo llevó a la perdición .

Narciso es hijo del dios del río, Cesifo y de una encantadora ninfa Liriope. Cuentan que el rey de los rios se encapricho de la ninfa y que aprovechando que era un dios, consiguió su deseo y la desposó. Poco tiempo después Liriope quedo encinta.

El día marcado por el destino, dio a luz un muchacho al que decidieron ponerle el nombre de Narciso. En aquellos entonces era tradición llevar a los recién nacidos para ver su futuro.

Cefiso y Liriope como sentían curiosidad por saber lo que le deparaba el destino al pequeño Narciso, fueron a preguntar al vidente ciego Tiresias. «Vivirá muchos años» dijo el sabio «pero ay de él si mira su propio reflejo, pues será su perdición».

Despues de aquello, su madre hizo que se retirasen todos los espejos de la casa y se guardaran o quemaran. Pasaron los años y Narciso creció sano y fuerte, y más hermoso que ningún otro niño de su edad. De tanto oir como le decían lo hermoso era que empezó a creer que su belleza era fuera de lo común.

Todos estaban enamorados del hermoso muchacho, provocaba admiración en todos a cuantos le rodeaban . Siendo niño, sus niñeras caían rendidas a sus pies y, cuando habia cumplido dieciséis años, todas las mujeres de la ciudad suspiraban por él. Aunque él creía que ninguna era ni suficientemente buena ni bella para él.

Un día, su vecina Aminías, no pudo aguantar más y confesó a Narciso cuánto lo amaba en secreto. Le confeso el deseo que sentia por el y le pidió que fuera su amante. Narciso no contestó ,mando a un sirviente, para que le entregara una daga como respuesta. Cuando Aminías recibió aquello entendió el significado del regalo de Narciso y con esa daga puso fin a su vida. No sin antes rogarle los dioses que su ira cayese sobre Narciso. Y antes de morir le echó una maldición. En el amor recibiría el mismo desdén con que él había tratado a los demás.

Eco era la ninfa de una montaña, ésta ayudó una vez a Zeus distrayendo a Hera manteniendo con ella una conversación de temas intrascendentes cuando ésta se acercaba al lugar donde el dios del trueno estaba formulando sus votos matrimoniales.

El ardid de Eco daba el tiempo justo a los invitados de Zeus para que pudiesen abandonar el lugar sin que Hera se diera cuenta.

Cuando Hera se dio cuenta del engaño , estalló en cólera : «¡Que esa lengua maléfica permanezca silenciosa de ahora en adelante! Permanecerás en silencio y sólo hablarás cuando te hablen, y hablarás como mucho con sonidos cortos!».
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Una mañana, justo cuando el joven estaba luchando con un ciervo al que acababa de capturar en sus redes, Eco se encontró con Narciso. No podia decir nada tenia que conformarse sólo con mirarle.

Y así, se llevo un buen rato, admirando la belleza del joven. Por sus venas, corrió el deseo. Deseaba con todas sus fuerzas poder seducir al hermoso joven con sus dulces palabras, pero sólo pudo mover sus labios en vano.

Narciso notó que le miraban. «¿Quién eres?» gritó.

«Eres» respondió Eco, que sólo acertaba a repetir lo que le decían.

«Déjame verte» dijo el muchacho.

«Verte» dijo Eco.

Intrigado, Narciso gritó: «¿Cómo te llamas?».

«Llamas», contestó la ninfa. Siendo incapaz de contener su deseo, salió de su escondite y se arrojó sobre el hermoso joven. Su cuerpo se encontraba jadeante sobre el de Narciso, quien, como ya estaba algo acostumbrado a estos comportamientos, se liberó rápidamente de su abrazo. Cuando se puso en pie salio corriendo perdiéndose en lo más profundo del bosque, dejando sus redes tras él.

Durante el camino, Eco le siguió, intentando llamarle para disipar sus miedos, pero no pudo producir sonido alguno. El muchacho desapareció rápidamente de su vista. Durante semanas, la ninfa vagó por el bosque en búsqueda de su amado, sin comer y sin apenas dormir.
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En poco tiempo adelgazo mucho, tanto, que dicen que se puso tan delgada que de ella nada quedó que se pudiese ver con los ojos. Cuentan que hoy en día, vaga por las montañas del mundo buscando a Narciso. La puedes encontrar las quebradas más pedregosas y en los valles más profundos. Si la llamas a gritos te contestará, pero sólo con las mismas palabras que le hayas dicho. Desde que la maldijo Hera, solo puede comunicarse así.

Una tarde, alrededor de un mes después de su encuentro con Eco, Narciso se encontraba en un bosque apartado en lo alto del monte Helicón. Llevaba todo el dia de caza y se encontraba cansado. Narciso cayó de rodillas, frente a él, corría un manantial de aguas claras y profundas. La superficie, gracias a la luz recibida a través de las copas de los árboles, era un espejo perfecto.
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Narciso nunca había visto su imagen , solo conocía su sombra, pero jamás había visto su reflejo. Estando en el suelo , se inclinó hacia delante y miró en el manantial, quedó asombrado por la imagen de insuperable belleza que le miraba. Jamas había visto una cara tan hermosa mirarlo de esa manera. Por primera vez en su vida, se enamoró.

Se inclinó hacia abajo para besar y abrazar al joven del manantial. Pero sus labios y sus brazos sólo hallaron agua. No tardo mucho en retirarse pero el reflejo del agua desapareció. El joven Narciso creyendo que su amado había huido de él como él empezó a llorar. Pero, a medida que las ondas se iban desvaneciendo, la hermosa cara apareció de nuevo. «No me abandones, hermoso amigo», rogó. «¡Quédate, amor mío!»

De nuevo, Narciso se inclino para tocar el cuerpo que había en el agua, pero la imagen se volvió una vez más borrosa cuando su mano tocó la superficie. Seguro como estaba ahora de que acababa de perder a su verdadero amor, se tiró del pelo y se arañó la garganta. Cuando se calmó y las aguas se aclararon, una vez más, apareció la cara del amado, ahora herida y desencajada. Se sintió aterrado y lloró.
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Se hizo de noche pero Narciso no se movió. No tenía ojos más que para el joven del manantial. Las primeras luces del día le sorprendieron mirando intensamente en las profundidades del agua. La cara que apareció poco a poco era demacrada y ausente. Desplazó su mano al agua para acariciar esa mejilla, ahora tan preciada, y surgieron nuevamente sus frustraciones del día anterior.

«Te quiero, te quiero» gritó mil veces al manantial. La cara, igual que la de Eco, movió sus labios pero no emitió sonido alguno. Cuentan que se inclino para besar su reflejo y murió ahogado en las aguas del manantial . Las ninfas de la montaña le encontraron y le habrían enterrado pero, cuando preparaban el funeral, su cuerpo se desvaneció y, donde yacía, se abrió una flor de pétalos dorados con delicados matices blancos a la que se conoce hoy día como Narciso.
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