Borneo es una isla de leyenda.

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Borneo, la tercera isla más grande del planeta, alberga un universo de leyendas de piratas y sultanes, orangutanes, cazadores de cabezas y gitanos del mar, que conviven en sus selvas vírgenes y sus aguas cristalinas, tan hermosas como traicioneras.

La gran isla, un mosaico geopolítico moldeado por la historia, pertenece actualmente a tres países, Malasia, Brunei e Indonesia. Fue descubierta para Occidente en 1521 por Juan Sebastián Elcano y, tras 200 años de ocasionales escaramuzas militares contra los españoles, sus habitantes sufrieron varios siglos de colonización depredadora y salvaje por parte de Inglaterra y Holanda.

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Los europeos del norte se retiraron sin dejar huellas de mestizaje, y apenas quedan en Borneo un puñado de casas coloniales que recuerdan aquella época. Hoy, la población insular está compuesta en su gran mayoría por sus pobladores originarios —dayaks—, malayos y chinos. Aunque, pese a todo, nadie ha conseguido conquistar Borneo.

El corazón de la isla está formado por cientos de kilómetros de selva inexplorada e indomable que, al igual que la Amazonía, solo puede ser penetrada a través de los ríos. Esa selva es el hábitat de especies casi extinguidas en el resto del mundo, entre las cuales destacan unos primates que solo pueden encontrarse en Borneo y la cercana Sumatra: los orangutanes —derivado de las palabras malayas orang (hombre) y hutan (bosques)—. Amenazados por la extinción, estos simios se refugian en lo más profundo de la selva y apenas se cruzan con los humanos en unos cuantos puntos de contacto, donde acuden ocasionalmente a recibir comida.

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El encuentro con un orangután es una experiencia inigualable. Primero, el ruido de las ramas doblándose mientras los primates se acercan, hasta que sus figuras aéreas aparecen, ágiles y rojizas, apoyándose en sus cuatro extremidades para reinar sobre el techo de la selva. Estoy en Semmengoh, a pocos kilómetros de la ciudad de los gatos, Kuching, capital de Sarawak. Los orangutanes descienden de los árboles y observan al recién llegado: tienen la mirada inocente y los ojos casi humanos, cuando se ven forzados a descender al suelo transmiten una enternecedora sensación de torpeza y fragilidad.

Más que bestias, parecen hombres que milenios atrás hubiesen optado por refugiarse en los árboles para terminar convirtiéndose en una especie condenada a la extinción.

Me adentro en la gran isla hasta llegar a Kampung Anna Rais, una población donde habitan los viejos iban —una subdivisión de los dayak, los originarios de Borneo— en la frontera con Indonesia. Poco queda de esos feroces cazadores de cabezas que aterrorizaban a los europeos. Los iban habitan en longhouses (casas comunales que se elevan sobre estacas de madera para amortiguar el impacto de las crecidas de los ríos), malviviendo del turismo y la agricultura de subsistencia. Huele a tristeza, abandono y miseria, y comprendo que, como muchas otras etnias, el progreso los está empujando fuera de la historia, obligándoles a replegarse a lo más profundo de la selva para no desaparecer.

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El sultanato de Brunei es un mundo aparte. Este pequeño país, una reliquia histórica oculta en Borneo, es uno de los más ricos del mundo en proporción a su número de habitantes, gracias a sus abundantes recursos naturales, principalmente el gas y el petróleo. El destino del país lo rige Muda Hassanal Bolkiah, un monarca que desciende de los antiguos sultanes de la época gloriosa de Brunei, cuando controlaba gran parte de Borneo y de sus mares, antes de irlos perdiendo a manos del imperio británico, que convirtió al sultanato en un protectorado hasta que recuperó su independencia en 1984.

Las mezquitas de Brunei son un derroche de lujo —mármol de Italia, alfombras de Arabia Saudí, cúpulas de oro—; y su población, mayoritariamente musulmana, disfruta de una calidad de vida sorprendente, como si estuviese al margen del mundo y no le afectasen los conflictos del exterior. El sultán de Brunei es un personaje casi legendario, al igual que su riqueza, hasta el punto de que ha abierto un museo solo para exponer los regalos que recibió el día de su boda. Brunei parece un sueño salido de Las mil y una noches, extraviado en la selva tropical.

El sultán de Brunei pertenece a la misma realidad que plasmó Emilio Salgari al crear a Sandokán y a sus tigres de Mompracem, hoy piratas del Mar de China y del de Joló. Borneo ha sido y es tierra fértil de inspiración para la literatura, porque ha conseguido conservar su propio realismo mágico en versión asiática, desde el mismo Sandokán hasta el libro de Redmon O’Hanlon, Hacia el corazón de Borneo, pasando por las novelas de Joseph Conrad o las vidas reales de los “rajás blancos” de Sarawak, británicos que llegaron a convertirse en reyezuelos locales con el apoyo de Londres. Los piratas siguen navegando por los mares que rodean la isla, cuyo interior mantiene un aura de misterio sobre la posible existencia de un mundo perdido en la selva, que impulsa a los aventureros a arriesgar su vida para encontrarlo.

Con todo, lo más fascinante de Borneo es la etnia de los bajau, más conocidos como gitanos del mar. En la parte de la isla más cercana a Filipinas hay un archipiélago que esconde los mayores paraísos submarinos del sudeste asiático, entre ellos una isla llamada Sipadán, por la que suspiran todos los buceadores del mundo que acuden a alojarse en resorts exclusivos, algunos construidos sobre arrecifes de coral.

En ese archipiélago entre el mar de Joló y el de Célebes, confundidos entre piratas y turistas, habitan los bajau, nómadas acuáticos. Su origen se pierde en las leyendas, alguna de las cuales afirma que fueron condenados a vivir en el mar hasta que no encontrasen el cuerpo de una princesa de Johor —al sur de la Malasia peninsular— que había muerto ahogada. Sin embargo, lo más probable es que los bajau huyesen de una limpieza étnica que les hizo sentirse más seguros errando en el agua que en tierra firme.

Hoy, la particularidad de esa etnia, que aún cuenta con chamanes y adora al Dios del mar, es que carece de tierra fija en la que asentarse. En islas como Mabul pueden encontrarse sus barcas varadas en la playa, mientras los bajau buscan moluscos o agua (que obtienen de los cocos de los árboles). La leyenda cuenta que unos gitanos del mar fueron los primeros en intuir el gran tsunami que devastó la región en 2004 al interpretar las señales del océano.

En realidad sabemos muy poco de estos nómadas, que continúan siendo un inmenso misterio.

En mi viaje por los mares de Joló y Célebes, me encuentro con los bajau en islas paradisíacas de cocos, palmeras y arena blanca, e intento comunicarme con ellos con muchas dificultades. Me sonríen, y noto cómo su mirada me atraviesa, como si pudieran ver mi alma. En particular, me deja marcado la mirada profunda de una niña, casi adolescente, que se ha pintado la cara para cumplir algún extraño ritual.

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Una mirada, la de esa niña, que pertenece a un mundo mágico que me resulta incomprensible, y que me embruja como solo puede hacerlo un mundo de leyenda.

Fuente: www:el-pais.com

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