La explosión del polvorín en el 47 y los fantasmas de la casa cuna de Cadiz.

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Una gruesa columna de fuego que se elevaba a considerable altura tiñendo el firmamento de un fuerte color anaranjado. La parte superior se transformó en un inmenso hongo del que brotaban miles y miles de partículas incandescentes. Simultáneamente trepidaron todos los edificios de la ciudad, absolutamente todos, y atronó el espacio una detonación seca y de tan enorme intensidad y resonancia que, según supimos después, fue escuchada en todos los pueblos comarcanos y otros de las provincias de Sevilla y Huelva. Las radios y la prensa nos dijeron después que habíase percibido, claramente, en Lisboa, causando en todas partes gran conmoción y alarma. Tal fue la fuerza de la expansión de los gases. Revista Brisas (Septiembre 1947)

La deflagración de 1.100 cargas de profundidad, minas antisubmarinas y cabezas de torpedo en el Almacén Nº 1 de la Base de Defensas Submarinas de Cádiz produjo un enorme hongo de humo y polvo, seguido de un enrojecimiento del cielo visible desde toda la Bahía de Cádiz, Huelva y algunos pueblos de Sevilla, y cuyo ruido atronador fue oído hasta en la propia capital andaluza. El fogonazo fue tan espectacular que pudo ser contemplado incluso desde el acuartelamiento militar español ubicado en el Monte Hacho (Ceuta).

De inmediato se fue la luz en toda la ciudad, enmudecieron las líneas telefónicas y se produjo el corte en el suministro de agua por daños en la tubería general de abastecimiento. Se sumaban, por tanto, a la desgracia la incomunicación con el exterior, la falta de visibilidad para las labores de socorro, la carencia de agua para apagar los numerosos incendios que devastaban los astilleros y los alrededores de la base militar y la descoordinación de quienes, evidentemente, no estaban preparados para una emergencia de tal envergadura.

En el momento en que tiene lugar la explosión no se sabe a ciencia cierta cuál puede ser la causa de ésta. Muchas fueron las hipótesis, al menos durante algunas horas: un fenómeno de la naturaleza tal que un meteorito (eso se pensó al otro lado de la Bahía), que había explotado un gasómetro de la fábrica del Gas, que hubiesen estallado los depósitos de la CAMPSA o quizás la santabárbara de algún buque de guerra surto en el puerto, tal vez los Astilleros o tal vez algún polvorín. En aquel momento nadie tenía entera seguridad sobre cuál fue el desencadenante de la tragedia (al menos, nadie que se hallase fuera del recinto de la Base de Defensas Submarinas).

El terror paralizó los ánimos, y ni siquiera se produjeron, en aquellos momentos casos de tribulación colectiva. Fue un momento de incomprensible serenidad. Así reaccionó Cádiz entero en aquellos minutos inmediatos a la explosión. Fue como una sensación de muerte. Una muchedumbre que no sabía lo que pasaba en aquellos instantes decisivos ponía sus esperanzas únicamente en algo sobrenatural que los salvase de perecer. Después, en la cerrada oscuridad de la noche, sin agua, sin medios de defensa, un horrible desfile, que sobrecogía el ánimo, de heridos que caminaban como autómatas, sin saber adónde. Y de vez en cuando, un nombre, el de una persona que en angustiosa interrogante se clavaba en el aire negro, lanzado por labios que llamaban a un ser querido.

Y luego, a las tinieblas de la noche, se unió el patetismo de los gritos de auxilio y la tarea macabra de extraer de entre los escombros, los cuerpos maltrechos, desfigurados, rotos en la placidez de su vida habitual, por un latigazo de destrucción que les arrojó a la muerte o les hizo prisioneros del dolor físico y mental.

Hubo como un crujir de cristales, ruidos de puertas, cierros y balcones, miradores que caen, muros que se desploman con estrépito, sepultando personas, destrozando enseres. Un gentío que corría despavorido por calles y plazas, pasado el primer instante de inconsciencia, atropelladamente, lanzando ayees de dolor, gritos de angustia, voces de socorro.
A la luz de los reflectores de los primeros coches y camiones que acuden en socorro de los heridos, sin saber siquiera dónde van, se ven caras ensangrentadas. El faro de un coche ilumina la terrible escena que ofrece un cuerpo muerto, junto al que llora una mujer y unos niños. Una luz de carburo a la puerta de un hospital guía los pasos de aquel otro hombre que lleva en los brazos, con un destello de esperanza, sin saber la triste realidad, el cadáver de su hijo.

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Cádiz está sin comunicaciones telefónica, ni telegráfica. Las líneas han sido destrozadas. La tubería general del abastecimiento de agua también ha sufrido importantes averías. Y próximo al muelle pesquero, a la entrada del Barrio de San Severiano, como consecuencia de la terrible explosión, se han incendiado los talleres de los Astilleros Gaditanos de Echevarrieta y Larrinaga. Pronto son un ascua, aumentando la tragedia. Se forma en ellos otro gran incendio cuyas columnas de humo y fuego se divisan desde larga distancia.

Acuden fuerzas del Ejército, de la Marina, de Infantería de Marina, al lugar del siniestro, y comienza la penosa tarea, en medio de la oscuridad, que sólo a instantes rompen los haces de luz que lanzan los reflectores de los barcos de guerra surtos en el puerto, y algunos faroles de aceite, de extraer cadáveres de entre los escombros, en un afán generoso de salvar vidas.

Hay un depósito de bombas que puede estallar, que está en inminente peligro. Sus envolturas están ya calientes. Y aquellos hombres consiguen, en un esfuerzo sobrehumano y heroico, aislarlas evitando así la segunda explosión, que hubiese aumentado en proporciones definitivas para Cádiz la catástrofe que ha sufrido la Ciudad. El Alcalde de Cádiz, Don Francisco Sánchez Cossío, llegó a la Casa Consistorial diez minutos después de las 10 de la noche. Desde ese momento, en los portales del Consistorio Municipal se ha instalado el Cuartel General para la defensa de la Ciudad en peligro. Desde allí se cursan las órdenes necesarias. Enlaces establecen contacto con la Emisora Transradio para que lleven y reciban órdenes y peticiones de socorro y los mensajes de los que se aprestan a acudir en ayuda de Cádiz. Desde allí se disponen los primeros socorros al barrio siniestrado: médicos, ATS y elementos civiles son distribuidos.

El Almirante, Capitán General del Departamento Marítimo, Don Rafael Estrada, también está desde los primeros momentos en el lugar del siniestro, dispone lo conveniente, dentro de la esfera militar de su jurisdicción, para evitar mayores proporciones a la catástrofe, para socorrer a los heridos.
En el Gobierno Civil, el Gobernador interino Don Antonio Fernández Pernía recibe en aluvión el ofrecimiento de toda la Falange, que está allí, presta al servicio. El los envía al Alcalde que ha asumido la superior capitanía del elemento civil.

A las dos horas, empiezan a llegar los socorros de los pueblos y ciudades próximas. La noche es angustiosa. Nadie sabe las proporciones de la catástrofe, exactamente, nadie se imagina que es tan grande. Los ojos se dirigen al cielo como queriendo arrancar de él el primer rayo de luz de la aurora.

Primeras actuaciones

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El enorme estruendo provocado por la deflagración movilizó inmediatamente a las autoridades militares, mandos intermedios y marinería del acuartelamiento afectado, que en ese momento se encontraban fuera de la instalación. La reacción espontánea e intuitiva de dirigirse todos al punto donde se originó la explosión evitó que el nivel de destrucción hubiera sido mucho mayor.

Pero la acción verdaderamente más memorable de la noche se debió a la actitud heroica de un militar de rango a cargo de una improvisada tropa de marineros de reemplazo que, a riesgo de sus vidas, evitaron la explosión del Almacén de Minas Nº 2 que, recordemos, no llegó a estallar, pues sólo lo hizo el primero. En dicho almacén, que albergaba unas 98.000 toneladas de trinitrotolueno (TNT), se había declarado un incendio cuyas llamas tocaban a una hilera de minas antisubmarinas que suponían riesgo de una segunda explosión. El entonces Capitán de Corbeta Pascual Pery Junquera junto a un reducido grupo de marineros consiguió extinguir ese incendio empleando para ello los propios escombros y la tierra en que se habían convertido las instalaciones militares. El hecho fue providencial, aunque su importancia se fue diluyendo con el tiempo ante la gravedad de semejante acontecimiento y la prioridad del estado español de acallar el asunto y minimizar su importancia por cuanto suponía de descrédito para el gobierno y el ejército. Mientras Pery se batía con el incendio, por las calles de Cádiz se iban voceando instrucciones a la población para que ésta, abandonando sus casas, se dirigiera hacia las playas cercanas ante la posibilidad de una segunda explosión que nunca tuvo lugar. Por último, y con el fin de asegurar el perímetro, voluntarios de casi todas partes colaboraron para desplazar un vagón de tren cargado de explosivos que estaba parado sobre las vías de la terminal de la estación en plena zona de riesgo. A pesar de las dimensiones y del peso del transporte y de la carga, consiguieron empujarlo con sus propias manos hasta dejarlo a la altura del Palacio de la Diputación Provincial. Poco antes de medianoche se había logrado conjurar el peligro y de forma inmediata comenzaron las labores de socorro.

Sin embargo, otros testigos aportan noticias contradictorias referentes a ese hecho. Según Micaela Cantero, hija del coronel Joaquín Cantero Ortega que en 1947 ocupaba el cargo de jefe del Polígono de Costilla, la antigua escuela de tiro. Recuerda la hija del militar que :
“La noche del 18 de agosto el Coronel Cantero estaba con su familia pasando la velada en la terraza del Hotel Playa, desde donde se escuchó la explosión. Al poco llegaría al Balneario un piquete de la Marina reclamando la presencia de Cantero Ortega en la Base de Defensas Submarinas, según lo ordenado por el Almirante Estrada. Hasta allí se trasladó con urgencia. El almirante Rafael Estrada le pidió que inspeccionase la zona atendiendo a que él es uno de los mejores balísticos del país. Mi padre reclamó una linterna y dos voluntarios y se dirigió hacia el almacén que no había estallado. Allí vio una bomba de reloj que estaba defectuosa, procediendo a apartar la espoleta y la pólvora guardada en la nave a fin de evitar nuevas explosiones, volviendo después ante el almirante y comunicándole que ya no había peligro de explosión. Al poco de terminar llegó Pascual Pery Junquera mostrando su intención de bajar al almacén número 2. A pesar de que mi padre le dijo que ya no hacía falta entrar, él siguió su camino. Pero lo verdaderamente cierto es que allí ni había fuego alguno ni se corría peligro de una nueva explosión tras la acción de mi padre”.

Intervención

Sin los medios adecuados, sin coordinación, sin suministro de agua, luz ni teléfono, pero contando con una marea de voluntarios civiles y con el ímpetu de la solidaridad (que no sólo es cosa de hoy), comienzan los trabajos de rescate y asistencia a las víctimas. Con la ayuda de los brazos se empiezan a desescombrar los edificios colapsados, partiendo desde la Base Naval hacia el exterior, con especial prioridad hacia el Hogar del Niño Jesús. Los primeros auxilios sanitarios son coordinados por el Coronel Médico Ernesto Fernández. Hay cadáveres bajo los cascotes de todos los edificios y los heridos se van multiplicando.

Mientras por un lado se presta la ayuda sanitaria con prontitud, los bomberos tardan en llegar una hora al área del siniestro, teniéndose que emplear el agua de unos pozos existentes en Bahía Blanca. Los barcos de guerra surtos en el muelle, que ante la incertidumbre habían encendido motores para salir a alta, recibieron nuevas instrucciones y se aprestaron a ayudar orientando sus potentes reflectores hacia el lugar de la explosión.

Al no poder contar durante las primeras horas con energía eléctrica, resulta imposible transmitir ayuda a los municipios cercanos. Sólo gracias a una radio galena propiedad de Transradio Española se pudo oír desde Jerez la dramática petición de ayuda efectuada a las costeras. Fuerzas militares de Cádiz y San Fernando se fueron incorporando durante la noche y el día siguiente.
Las autoridades civiles tras los primeros momentos de desconcierto también comienzan a reaccionar. El alcalde, Francisco Sánchez Cossío, se desplaza hasta el Ayuntamiento y se establece allí un Puesto de Mando improvisado, convocando a todas las autoridades civiles y militares y a los cuerpos de seguridad. Como medidas urgentes se dispusieron guardias armados por varios puntos de la ciudad para evitar el pillaje, que no sólo se produjo sino que conllevó alguna que otra detención; de hecho hasta vinieron ladrones hasta de Jerez y Sevilla para saquear los restos de la explosión, principalmente en las casas de la clase social más elevada. Hubo incluso quien se llevó camiones enteros con piezas de mármol y tuberías de plomo de los lujosos chalets de San Severiano y Bahía Blanca. Del mismo modo se decidió que la prioridad, además de atender a los heridos y trasladar las víctimas mortales al cementerio, era el restablecimiento de los servicios básicos. A resultas de ello, el día 19 ya se había recuperado el suministro eléctrico.

Otras medidas fueron las siguientes:
Establecimiento de varias tomas de agua potable distribuidas por la ciudad para abastecer a la población
Instrucción a los panaderos para que no abandonaran o interrumpieran su actividad
Orden a los farmacéuticos para que no cerrasen sus comercios durante todo el día con objeto de suministrar a los hospitales y facilitar las curas de los heridos leves
Tramitación de solicitud de ayuda externa y en especial de medicinas, personal sanitario, alimentos, agua y vehículos de todo tipo.

Crónica de las primeras horas angustiosas

Interrumpidas a raíz de la explosión los servicios de teléfonos y telégrafos, las Autoridades de Cádiz hubieron de utilizar los de Transradio Española para comunicar las graves noticias de lo ocurrido a otras ciudades en demanda de socorros, cada vez más urgentemente necesarios, puesto que Radio Cádiz había enmudecido a consecuencia de la falta de fluido eléctrico.

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En la estación de Transradio se había constituido el Director y personal subalterno, quienes pusieron los importantes servicios de dicha estación a la disposición del Gobernador Civil de la provincia.
En dicha estación se personaron nuestras primeras autoridades, comenzando seguidamente las llamadas angustiosas, siendo la primera en acusar recibo de los mensajes la estación costera de Isla Cristina, a las 22:45 h, por mediación de la cual fueron informados los gobernadores civiles de toda Andalucía de la envergadura de la catástrofe y de la necesidad de enviar servicios de ingenieros zapadores, sanitarios y contra incendios.

Otras emisoras a la escucha

Por aquella emisora se supo en la estación de Transradio de Cádiz que otras estaciones costeras, como la de Ayamonte y Sancti Petri, el motovelero “Tío Pepe” de El Puerto de Santa María, Radio Jerez, Estación de San Carlos y costera de Huelva, habían comenzado a lanzar llamadas de socorro a las distintas capitales, estableciendo también comunicación directa la emisora de Transradio Española de Cádiz con el Ministerio de la Gobernación, Gobernadores Militares y Civiles de Sevilla, Málaga, Córdoba, Huelva y Gobernador Militar del Campo de Gibraltar, los cuales comunicaron muy pronto haber enviado con rumbo a nuestra ciudad, toda clase de socorros, de forma urgente.
Radio Jerez tuvo una labor fundamental, convirtiéndose en un auténtico puente por el que la capital pudo reclamar la ayuda urgente. Esta estación estaría emitiendo hasta primeras horas de la mañana del día 19. También Radio Córdoba, uno de cuyos redactores estaba casualmente en la Bahía, acompañando a un grupo de jóvenes excursionistas cordobeses, aportó noticias de primera mano, no sin antes solventar innumerables problemas técnicos para conectar con su emisora.

Las víctimas

Las víctimas mortales se contaban por decenas. Gran parte de la dotación de la propia Base de Defensas Submarina fue lanzada a gran distancia de sus puestos de guardia. Oficiales y tropa, y algunos de ellos acompañados por sus familias, murieron de inmediato. En los barrios cercanos la población civil sufrió el terrible bombazo que convirtió en escombros sus viviendas.

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Durante toda la noche, los heridos hicieron cola en los centros sanitarios. Los hospitales, casas benéficas y farmacias atendían por orden de prioridad a los cientos de heridos que se amontonaban en sus puertas. En las primeras horas, inmersos en el caos, en ningún sitio se llevó la cuenta del número de atendidos. Todo el personal de estos centros se movió con una sola consigna: la emergencia en las curas.

Desde las 10 de la noche, ininterrumpidamente, en el Hospital de San Juan de Dios se atendió a 50 heridos por hora. La gravedad de algunos los hacía irrecuperables. El total de atendidos registrados allí superó los 1200, calculándose la cifra real en 2500. Su plantilla habitual de 3 médicos y 4 practicantes se multiplicó con el auxilio de profesionales llegados de toda la región, pasando a 12 médicos y 40 practicantes, además del cuerpo de enfermeros y enfermeras voluntario que se agregó.

Un primer cálculo de los heridos rozó las 10.000 víctimas, aunque el 80% de ellos era de carácter leve. Oficialmente se cifró el número total de heridos en 5.000, lo que equivale al 5% de la población gaditana en aquellas fechas. Asimismo, se cifró oficialmente el número de fallecidos en 152, aunque según la bibliografía consultada se barajan cifras entre 151 y 155 fallecidos.

En el Hospital Militar se atendieron a 300 heridos, 80 de los cuales quedaron hospitalizados. La situación se agravó ante la falta de fluido eléctrico, lo que provocó que las 60 operaciones practicadas se hicieran a la luz de un quinqué. Los problemas de personal técnico del Hospital de Mora y de la Casa de Socorro, con los pasillos llenos de heridos, se solucionaron con la llegada de médicos de la Armada.
Personal y equipos sanitarios de toda la región llegó aquella misma noche. Desde Sevilla se desplazó un ómnibus con 300 médicos. Desde Lebrija, Utrera, Chipiona, Jerez, San Fernando y Villamartín acudieron médicos y enfermeros. Desde Madrid llegó una avioneta con penicilina. Desde Tetuán, el general Varela envió varias ambulancias y 7 Tm de medicamentos. La demanda de sangre se cubrió con las aportaciones de las enfermeras del Mora y de las donaciones de los marineros del Cuartel de Instrucción, llegando al millar de transfusiones. La Trasmediterránea, tan ligada a Cádiz, puso a disposición de las autoridades todo el material sanitario de los barcos que se hallaban en el puerto.

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El transporte de heridos se atendió desde una improvisada jefatura de ambulancias instalada en la Plaza de Toros. También, para evitar el colapso de los centros sanitarios de Cádiz, empezaron a trasladarse heridos a otros centros hospitalarios próximos. Antes de la medianoche empezaron a llegar los primeros heridos a San Fernando, yendo los más graves al Hospital de la Armada, los menos al de San José y los leves a la Cruz Roja. También se enviaron al Hospital de Chiclana y al Hospital Santa Isabel, de Jerez de la Frontera.
En el tiempo en que Cádiz se mantuvo sin luz eléctrica, los médicos se alumbraban con velas y otros medios alternativos durante las intervenciones quirúrgicas. Ante la avalancha de heridos y las profusas hemorragias que presentaban algunos se agotaron las reservas de sangre y las vendas. Algunos médicos, entre ellos Venancio González, Jacinto Maqueda Domínguez, Joaquín Flores y Salvador Ramírez, cuya labor no ha sido hasta hoy lo suficientemente reconocida, trabajaron sin descanso durante cinco días y terminaron agotados y exhaustos. Hay quien, como el doctor Salvador Ramírez, practicó amputaciones sin los medios asépticos aceptables, pero salvando muchas vidas gracias a su experiencia y su denodado esfuerzo. Pero no sólo hay que agradecerles a estos profesionales la dedicación y la profesionalidad que demostraron durante la tragedia sino también la labor de investigación que luego desarrollaron tras analizar los singulares casos que se produjeron en algunos pacientes, como secuelas físicas o psicológicas derivadas de la explosión. Nos remitimos por ejemplo al impresionante trabajo de Fernando Muñoz Ferrer, “Patología de la mujer gaditana durante la catástrof

En algunos colectivos la desgracia se cebó especialmente. En el Hogar Provincial del Niño Jesús, prácticamente pegado al lugar de los hechos, fallecieron 25 de los 199 niños que se hospedaban aquel día. También hubo víctimas entre el personal docente y doméstico de la institución.
En los Astilleros fallecieron 20 trabajadores de los cerca de 2.500 que se encontraban ese día en el mismo.

Rescate e identificación de las víctimas mortales

El rescate de las víctimas mortales fue, en numerosos casos, verdaderamente sobrecogedor. En el Hogar del Niño Jesús, donde la catástrofe sorprendió durmiendo a las Hermanas de la Caridad y a los niños de corta edad que se hallaban en ese orfanato en calidad de asilados o expósitos, se extrajeron numerosos cuerpos desfigurados y aplastados, casi irreconocibles. Cincuenta años después del suceso aún se oían relatos de supervivientes que formaron parte de los equipos de rescate, narrando cómo algunos compañeros casi se juegan su propia vida para rescatar de entre los escombros los restos de aquellos niños.

A medida que iban siendo desenterrados, todos los cadáveres fueron trasladados hasta el cementerio de San José, donde se acumulaban en salas carentes de cámaras frigoríficas y donde permanecieron en muchos casos durante dos o tres días, depositados sobre mesas o sobre el suelo. Por allí pasaron numerosos familiares de las víctimas y de personas que creían desaparecidas para reconocer e identificar sus cuerpos. A medida que la identificación resultaba positiva se iban inhumando de forma inmediata, quedando constancia fehaciente tanto en el libro de enterramientos como en las actas que a la sazón instruía el Juez del Juzgado de Instrucción de Cádiz.

Los cuerpos que no habían podido ser reconocidos por sus familiares, el caso mayoritario de los niños de la Casa Cuna por carecer de ellos, tuvieron que ser inhumados sin identificar. No obstante, antes de proceder a ello, las autoridades encomendaron a cuatro fotógrafos de la ciudad, como a Antonio González, que tenía un comercio en la calle Barrié, retratar todos los cadáveres no identificados. De cada uno de ellos se hicieron tres copias: una de ellas se adjuntaba al expediente de la causa civil abierta por el juez, la segunda se exponía públicamente para su identificación y la tercera se guardaba con el cuerpo.

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NUEVO COLEGIO, Reforma de la Casa Cuna.

   Tras ésto, los pocos restos del edificio que quedaban de pie, son demolidos en el año 1956, y los escombros retirados para la construcción de un nuevo centro, concretamente la Institución Generalísimo Franco que posteriormente fue renombrada como Institución Provincial Gaditana.

    Nuevamente dirigido por religiosas, este centro abre sus nuevas puertas como colegio estrictamente femenino, el cual acogían a alumnas tanto internas como externas. Son las internas las primeras en percatarse de que algo raro pasaba en el lugar.

Lógicamente, las jóvenes internas comentaban los diferentes episodios que iban viviendo y la situación llegó a tal punto que las religiosas llegaron a prohibir cualquier referencia al tema, aunque los sucesos se siguieron sucediendo de forma inevitable.

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FANTASMAS Y NUEVAS AVERIGUACIONES

    A principios de la década de los 90, el edificio es vendido pasando a formar ser la sede de la cadena Radio Onda, y sus operarios, los objetivos de lo que en este lugar mora.

   Durante esta etapa, se produjo uno de los acontecimientos más famosos del lugar. El estudio, situado al final de una larga escalera que desembocaba en un estrecho pasillo, tenía una gran cristalera por la que, el equipo de radio que esa noche estaba allí trabajando, vio como por el pasillo iban corriendo dos jóvenes con vestimenta de época.

    Ante tal acontecimiento, uno de los operarios se dirige a los jóvenes con la intención de interrogarlo. Cual no sería el espanto del pobre operario que al asomar la cabeza al pasillo pudo comprobar como allí no había nadie.

   Tras varios años con esta situación, el edificio se reduce y queda relegado a oficina del INEM. En este punto se detiene el fluir de los acontecimientos dado que el mutismo de los empleados es total y nadie quiere informar de si en su interior se siguen produciendo fenomenología fantasmal.

Pero las recientes excavaciones destinadas a demoler las alas del edificio pueden arrojar algo de luz sobre el tema ya que, durante las labores de desescombro y nueva cimentaciones, se han hallado los restos de una necrópolis romana.

    Sea como fuere, lo cierto es que la zona ha quedado grabada en la cultura popular gaditana como un referente de sucesos extraños, al cual será remitido todo aquel que ose preguntar por la fenomenos de esta ciudad andaluza.

http://misteriosdecadiz.jimdo.com
http://cadizpedia.wikanda.es

anabel

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