Las entradas del infierno en la mitología

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El mundo ordinario, bajo la percepción mitológica y literaria, se encuentra en constante comunión con el infierno. Este lugar es parte de nuestra cotidianidad, muy pocos atraviesan el umbral pero son menos aún los que regresan. ¿Realmente existe un vínculo entre ambos mundos? La respuesta se hallaría en la aventura. Sólo aquellos que se han aventurado a lugares más inhóspitos y han logrado regresar, son considerados héroes, hombres de admiración, seres extra-terrenales, semidioses. El mito provoca que el mundo en el que habitamos adquiera significados más estrechos con la extrañeza, y por tanto, con el significado del eterno retorno: el misterio. La explicación de nuestros sueños o pesadillas se desarrolla dentro de este espacio mágico, donde la mente navega hacia su propio reconocimiento.

Gracias a varios mitos e historias contadas sobre los umbrales infernales, es que las rarezas geográficas, tales como los agujeros de Siberia, el agujero negro de Andros o el Sumidero del diablo, logren tener una explicación mitológica, no meramente supersticiosa, sino con base a la simbología que la mente humana ha creado a lo largo del tiempo.

Podríamos rastrear cuatro lugares y asimilarlos a ciertos mitos para logra hallar un vínculo más preciso entre la realidad y la alegoría del inframundo.

Empecemos con el famoso mito de Odiseo. Sabemos que es un navegante, que tras haber luchado diez años en Troya, el dios del ponto, Poseidón, que representa las pasiones humanas, decide extraviarlo en castigo por sus ofensas. Odiseo necesita regresar a Ítaca, pero lamentablemente su viaje se realizará por mar, donde Poseidón impera. Se ha dicho que Odiseo descendió al Hades a hablar con Tiresias, para que éste le revelara cuántos años seguiría navegando. Pero si el texto de Homero es leído con atención, nos percataremos que Odiseo nunca baja al inframundo, al contrario, sobre el nivel del mar, valiéndose de su nave, levanta a los muertos por medio de un rezo de invocación nigromática. Quizá la entrada al Hades del que habla Homero sea algo parecido al agujero azul de Dean, y en realidad Odiseo nunca descendió a la profundidad de la tierra, como se piensa a menudo, sino que sacó a los muertos y a Tiresias de ahí, del propio mar.

El poeta más famoso que, en apariencia, realizó un viaje al infierno, es Dante Alhigieri. En La divina comedia es más evidente la simbología moralista cristiana y grecorromana: por medio de un viaje el poeta experimenta el mundo metafísico, lo que yace oculto, el infierno, el purgatorio, el paraíso; planos en los que el espíritu está desarrollándose en constante unión con la imaginación y las potencias divinas. El infierno de Dante está conformado por nueve círculos, los cuales podemos figurar con las Minas de diamantes Mirny, donde los niveles o anillos forman una especie de descenso hacia el interior de la Tierra, tal y como La divina comedia lo ilustra.

Viaje al centro de la Tierra es otra obra en la que un hombre (ordinario) realiza un viaje, el que conecta a otro mundo, paralelo al nuestro. Aunque no es un lugar de tormento ni mucho menos, la narrativa de Julio Verne nos introduce al espacio de lo fantástico en el que abundan los mayores peligros, el calor más intenso, las profundidades del abismo. Después de pasar por estos lugares, los exploradores del relato logran llegar a un lugar paradisíaco, donde habitan reptiles extintos, playas vírgenes, plantas exótica. Según la descripción de Julio Verne, Otto Lidenbrock y su expedición se introdujeron en las fauces de un volcán, muy parecido al Snæfellsjökull, entrada hacia las fauces de su aventura.

En el antiguo México, también existió el mito sobre un laborioso viaje que realizó Quetzacoatl al mundo de los muertos (el Mictlan). Según la narración antigua, el tlamacazqui, hombre sabio, descendió a entrevistarse con Mictlantecuhtli para llevar el alimento para la nueva raza de seres humanos: el maíz. El señor de las profundidades le dio lo que requería no sin intentar engañarlo para apoderarse de Quetzalcoatl, éste logró evadir la trampa del señor de la muerte y emergió al mundo con los granos que han alimentado hasta entonces a la humanidad. Algo muy similar intentó hacer Huemac, el último tlatoani tolteca, que tras la ruina de Tula se introdujo a la cueva de Cincalco, actualmente ubicada en el cerro de Chapultepec, con el fin de hacer un pacto con Mictlantecuhtli para ser su servidor eterno. La antigua cueva de Cincalco es hoy un túnel que sirve como elevador de agua, suministro del Castillo.

Así, a través del mito del descenso y los agujeros terrestres más insólitos que hayan existido, la mente del ser humano logra confabular una realidad cercana y lejana a la vez, parte fundamental de su condición. No cabe duda que bajo la función mitológica y la magia natural del mundo que nos rodea, el ser humano se desplaza por los vértices de una imaginación palpable.

Fuente:
Por Ulisses Luján @coatlzulises

http://culturacolectiva.com/las-entradas-del-infierno-en-la-mitologia/

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